Cuando el ámbito fue propicio, comenzó siendo un punto verde en la inmensidad de ese mundo moreno humedecido.
Tranquilo se hizo rama, fue asomando su esperanza en libertad botánica del suelo. Con simpleza abrió ventanas desde el lodo a la orilla del camino, más acá del desierto, donde fue creciendo con la fuerza de un lobo.
Un amanecer, erguido sobre las curvas de sus tallos, no logró divisar la galaxia de los grillos: solo encontró el pulso de trenes y autobuses, una cortina de tierra y humo, y la hoz cercana del humano acechando tras las tinieblas.
Descubrió que el evangelio del rocío y su matiz de vida eran una mentira. Quiso volver a la tierra, enterrarse en sus profundidades, volver a la calidez de la semilla…
Meses tras meses, la rama fue un “Chañar”. Desplegó su espesura elegantemente, pero nadie lo notó y, con el tiempo, se acostumbró a ser olvidado, inexistente, no percibido; el aleteo de los gorriones era su única misión, el vaivén del zonda su caricia que, de a ratos era un áspero arrebato de hojas.
Ese viento de la sierra, su amigo casi hermano en la quietud de la nada, le enseñó a entonar coplas lastimeras por las noches, aullidos que se esfumaban al aclarar el día.
Cuando el dintel de sus horas ya no estaba sostenido de esperanzas, y agotado al ver que el mundo no era lo que parecía, en secos crujidos con ecos de grandeza, se derrumbó. Sin importar que era un gran árbol, un “Chañar”, no pudo mantenerse en pie.
El viento emocionado, vacío de sonidos, desvistió una a una sus ramas y las lanzó al infinito para que, transformadas en gotas de agua, gestaran nueva vida emergente de los pluviales oscuros de tormentas y asomara nueva rama de esperanza.
© Patricia Palleres
(Consigna: “Las Memorias del viento” Grupo literario "Soplo creativo")
(Todos los textos de éste blog son privados y tienen Derecho de Autor. )



