Mostrando entradas con la etiqueta literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta literatura. Mostrar todas las entradas

junio 27, 2016

Una ventana que flamea su soledad


Una ventana que flamea su soledad.
La enarbola,
la expone como seduciendo a la nada del lugar.
La idolatra como el soldado a su bandera.

Una ventana que se sabe dueña
del único halo de vida circulando entre sus entrañas.
Lo toma,
lo procesa
y lo reparte
a la quietud estrictamente ordenada e incapaz de recibirlo.

Una ventana que duerme mientras el viento
se mueve sigiloso bajo su vestido.
Los duendes invisibles, intentan advertirle,
pero antes de realizar la primera mueca
las sombras que habitan en las paredes,
lustrosamente pintadas de palidez,
los atrapan.

Una ventana que trabaja de mediadora
entre el macro y el micro universo de la existencia.
Es dueña de la claridad y de la frescura,
pero también
de la oscuridad
y del calor del recinto.

Patricia Palleres

octubre 01, 2013

Alfonsina Storni

Alfonsina Storni, poetisa contemporánea argentina, nació en 1892 en la ciudad de Laggagia, Suiza, y emigró con sus padres a la Argentina cuando era una niña. Durante su infancia vivió en la provincia de San Juan, trabajando desde temprana edad para ayudar a sus padres. 



Se graduó como maestra, ejerciendo el magisterio al mismo tiempo que se dedicaba al periodismo, usando el pseudónimo de Tao-Lao. Sus colaboraciones fueron publicadas en el diario La Nación de Buenos Aires, diversas revistas y algunos diarios americanos. Su obra poética nace de su gran sensibilidad anímica y abarca desde el postmodernismo hasta una posición singular dentro de las corrientes vanguardistas de la época. Nunca dio en sus poemas la sensación de naturaleza, ni tibieza de hogar, pero evocó mejor su ciudad, el tráfico de las calles, la monotonía de los altos edificios, los trenes, los parques urbanos. No obstante, la nota más persistente en ella es el amor, entendido casi siempre como una especie de furor, contrastante sentimiento romántico con notas irónicas, la dualidad entre el ser y el no ser. Todos sus sentimientos los confiesa sin veladuras en siete libros. Los cuatro primeros: "La inquietud del rosal" (1916), "El dulce daño" (1918), "Irremediablemente" (1919) y "Languidez" (1920), son íntimos y personales, mientras que los otros tres: "Ocre" (1925), "Mundo de siete pozos" (1936) y "Mascarilla y trébol" (1938), constituyen obras más reposadas y cerebrales, llenas de simbolismos y abstracciones. 
Algunas de sus obras inéditas fueron publicadas en Buenos Aires, en el año 1960; tal es el caso de "Cinco Cartas y una golondrina" y "Poemas olvidados". Aquejada de una enfermedad, entonces incurable, se suicidó, arrojándose al mar en la ciudad de Mar del Plata, República Argentina, en 1938. Pocos días antes de su muerte escribió "Voy a dormir", poema que revela sus claros deseos de suicidio. 


Vida 


Mis nervios están locos, en las venas 
la sangre hierve, líquido de fuego 
salta a mis labios donde finge luego 
la alegría de todas las verbenas. 



Tengo deseos de reír; las penas 
que de donar a voluntad no alejo, 
hoy conmigo no juegan y yo juego 
con la tristeza azul de que están llenas. 



El mundo late; toda su armonía 
la siento tan vibrante que hago mía 
cuando escancio en su trova de hechicera. 



Es que abrí la ventana hace un momento 
y en las alas finísimas del viento 
me ha traído su sol la primavera. 




Dos palabras 



Esta noche al oído me has dicho dos palabras 
Comunes. Dos palabras cansadas 
De ser dichas. Palabras 
Que de viejas son nuevas. 



Dos palabras tan dulces que la luna que andaba 
Filtrando entre las ramas 
Se detuvo en mi boca. Tan dulces dos palabras 
Que una hormiga pasea por mi cuello y no intento 
Moverme para echarla. 



Tan dulces dos palabras 
-Que digo sin quererlo- ¡oh, qué bella, la vida!- 
Tan dulces y tan mansas 
Que aceites olorosos sobre el cuerpo derraman. 



Tan dulces y tan bellas 
Que nerviosos, mis dedos, 
Se mueven hacia el cielo imitando tijeras. 
Oh, mis dedos quisieran 
Cortar estrellas. 



La caricia perdida 
(Languidez - 1920) 



Se me va de los dedos la caricia sin causa, 
Se me va de los dedos. . .En el viento, al pasar, 
La caricia que vaga sin destino ni objeto, 
La caricia perdida, ¿Quien la recogerá? 



Pude amar esta noche con piedad infinita, 
Pude amar al primero que acertara a llegar. 
Nadie llega. Están solos los floridos senderos. 
La caricia perdida, rodará. . .rodará. . . 



Si en los ojos te besan esta noche, viajero 
Si estremece las ramas un dulce suspirar, 
Si te oprime los dedos una mano pequeña 
Que te toma y te deja, que te logra y se va. 



Si no ves esa mano, ni esa boca que besa, 
Si es el aire quien teje la ilusión de besar, 
Oh, viajero, que tienes como el cielo los ojos, 
En el viento fundida, ¿Me reconocerás? 



Tú me quieres blanca 



(El dulce daño 1918) 



Tú me quieres alba, 
Me quieres de espumas, 
Me quieres de nácar. 
Que sea azucena 
Sobre todas, casta. 
De perfume tenue. 
Corola cerrada. 



Ni un rayo de luna 
Filtrado me haya. 
Ni una margarita 
Se diga mi hermana. 
Tú me quieres nívea, 
Tú me quieres blanca, 
Tú me quieres alba. 



Tú que hubiste todas 
Las copas a mano, 
De frutos y mieles 
Los labios morados. 
Tú que en el banquete 
Cubierto de pámpanos 
Dejaste las carnes 
Festejando a Baco. 
Tú que en los jardines 
Negros del Engaño 
Vestido de rojo 
Corriste al Estrago. 



Tú que el esqueleto 
Conservas intacto 
No sé todavía 
Por cuáles milagros, 
Me pretendes blanca 
(Dios te lo perdone), 
Me pretendes casta 
(Dios te lo perdone), 
¡Me pretendes alba! 



Huye hacia los bosques, 
Vete a la montaña; 
Límpiate la boca; 
Vive en las cabañas; 
Toca con las manos 
La tierra mojada; 
Alimenta el cuerpo 
Con raíz amarga; 
Bebe de las rocas; 
Duerme sobre escarcha; 
Renueva tejidos 
Con salitre y agua; 
Habla con los pájaros 
Y lévate al alba. 
Y cuando las carnes 
Te sean tornadas, 
Y cuando hayas puesto 
En ellas el alma 
Que por las alcobas 
Se quedó enredada, 
Entonces, buen hombre, 
Preténdeme blanca, 
Preténdeme nívea, 
Preténdeme casta. 




El poema pertenece al libro "Irremediablemente", de 1920. Alfonsina Storni nació el 29 de mayo de 1892. Tenía solamente 28 años cuando escribió... 


Pudiera ser 


Pudiera ser que todo lo que en verso he sentido 
no fuera más que aquello que nunca pudo ser, 
no fuera más que algo vedado y reprimido 
de familia en familia, de mujer en mujer. 



Dicen que en los solares de mi gente, medido 
estaba todo aquello que se debía hacer... 
Dicen que silenciosas las mujeres han sido 
de mi casa materna...Ah, bien pudiera ser... 



A veces en mi madre apuntaron antojos 
de liberarse, pero se le subió a los ojos 
una honda amargura, y en la sombra lloró. 



Y todo eso mordiente, vencido, mutilado 
Todo eso que se hallaba en su alma encerrado, 
pienso que sin quererlo lo he libertado yo. 



Además... 

Alfonsina Storni escribió en 1919: La mujer podrá no desear participar en la lucha política, pero desde el momento que piensa y discute en voz alta las ventajas o errores del feminismo, es ya feminista, pues feminismo es el ejercicio del pensamiento de la mujer, en cualquier campo de la actividad. 


Mi poema favorito: "Tú me quieres blanca "

Les dejo mis saludos cordiales!!!!! Patricia Palleres

febrero 15, 2013

Octavio Paz


MARAVILLAS DE LA VOLUNTAD
 A las tres en punto don Pedro llegaba a nuestra mesa, saludaba a cada uno de los concurrentes, pronunciaba para sí unas frases indescifrables y si­lenciosamente tomaba asiento. Pedía una taza de café, encendía un cigarrillo, escuchaba la plática, bebía a sorbos su tacita, pagaba a la mesera, toma­ba su sombrero, recogía su portafolio, nos daba las buenas tardes y se marchaba. Y así todos los días.
¿Qué decía Pedro al sentarse y al levantarse, con cara seria y ojos duros? Decía: —Ojalá te mueras.
Don Pedro repetía muchas veces al día esa frase. Al levantarse, al terminar su tocado matinal, al en­trar o salir de casa —a las ocho, a la una, a las dos y media, a las siete y cuarto—, en el café, en la oficina, antes y después de cada comida, al acostarse cada noche. La repetía entre dientes o en voz alta; a solas o en compañía. A veces sólo con los ojos. Siempre con toda el alma.
Nadie sabía contra quién dirigía aquellas pala­bras. Todos ignoraban el origen de aquel odio. Cuando se quería ahondar en el asunto, don Pedro movía la cabeza con desdén y callaba, modesto. Quizá era un odio sin causa, un odio puro. Pero aquel sentimiento lo alimentaba, daba seriedad a su vida, majestad a sus años. Vestido de negro, pa­recía llevar luto de antemano por su condenado.
Una tarde don Pedro llegó más grave que de costumbre. Se sentó con lentitud y en el centro mismo riel silencio que se hizo ante su presencia, dejó caer con simplicidad estas palabras:
—Ya lo maté.
¿A quién y cómo? Algunos sonrieron queriendo tomar la cosa a broma. La mirada de don Pedro los detuvo. Todos nos sentimos incómodos. Era cierto, allí se sentía el hueco de la muerte. Lentamente se dispersó el grupo. Don Pedro se quedó solo, más serio que nunca, un poco lacio, como un astro quemado ya, pero tranquilo, sin remordi­mientos.
No volvió al día siguiente. Nunca volvió. ¿Murió? Acaso le faltó ese odio vivificador. Tal vez vive aún y ahora odia a otro. Reviso mis acciones. Y te aconsejo que hagas lo mismo con las tuyas, no vaya a ser que hayas incurrido en la cólera pacien­te, obstinada, de esos pequeños ojos miopes. ¿Has pensado alguna vez cuántos —acaso muy cercanos a ti— le miran con los mismos ojos de don Pe­dro?